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Un pájaro ... dos pájaros

Actualizado: 6 jul 2025

Mi sobrino Sebastián que en ese entonces tenía cuatro años, se acercó y me preguntó


“Tía, ¿está bordando dos pájaros”?


Yo, que hasta ese momento, había estado ensimismada en el resultado - olvidando por completo el proceso - respondí con un rápido y casi automático:—Sí, estoy bordando dos pájaros.

—¿Cuál te gusta más? le repliqué.


Así la vida siempre nos ofrece el derecho y el reverso, el proceso y el resultado. Hoy ni siquiera sé qué estoy bordando, pero seguro mis puntadas cada día tienen una mejor calidad, una mejor versión, esa que se hace con la práctica, la que se logra después de haber desenredado varios nudos, cortar varios enredos, y seleccionar diferentes hilos, colores y textiles para sostener mi bordado. Y sé que en esa práctica diaria —a veces torpe, a veces fluida—, se va revelando una mejor versión de mí misma.




Hoy tengo tres hilos nuevos para bordar. Hilos que encontré en una tienda especial: en un curso de práctica compasiva. Aunque fui yo quien jugó la carta de inscribirse al entrenamiento, fue el destino el que jugó la carta del encuentro. La sabiduría de Dios nos colocó en un mismo grupo de trabajo. No lo elegí de forma directa, pero sí indirectamente: al inscribirme, también acepté recibir lo que el entrenamiento quisiera traer a mi vida.


Cuando elegimos la tela para nuestro bordado, también elegimos la experiencia que esa tela traerá. A veces se desliza con suavidad, a veces se arruga o se tensa. A veces nos compenetramos tanto con ella, que parece que mi mano y la tela son una sola, y en esa sincronía, el hilo va del derecho al revés… y bordamos dos pájaros, aunque solo veamos uno.


Por alguna razón, siento que ahora estoy bordando nuevas amistades. De esas que nacen lentamente y duran para toda la vida… o para el resto de vida, como dice Ceci. Para los años que nos quedan, hasta el último número. Ceci es un hilo lleno de sabiduría y experiencia, como el eje central del bordado. Pareciera que los otros tres hilos de este encuentro nos dejamos guiar por su humor, sus palabras, su mirada generosa de la vida.


EEste es un bordado que atraviesa fronteras. “Es el encuentro de Latinoamérica”, dice Luis Carlos. Y así, en mi interior, se rompe ese viejo mito de que lo virtual no puede ser real. Hoy pienso distinto: lo virtual también es real, solo que de otra manera.


No podemos abrazarnos, no podemos vernos enteros —“solo de la cintura para arriba”, bromea Luis Carlos—, pero sí podemos ver el alma. Y eso trasciende pantallas y distancias. Ahora sé que el encuentro es posible, incluso a través de una pantalla.


Esta experiencia me recuerda un tiempo difícil de mi vida. Una enfermedad me robó el sueño durante meses. En esas noches de insomnio, encendía la radio y encontraba un programa llamado “Hablar por hablar”. Entonces no sabía que la palabra sana, pero ese programa me lo enseñó. Me distraía del dolor, me acompañaba en el silencio, me mostraba que había otros como yo, despiertos en la noche, buscando consuelo en voces desconocidas. Agradezco a ese programa, porque sin él, mis noches hubieran sido mucho más solas.

Y entonces vuelvo a la pregunta de Sebastián:

—¿Estás bordando dos pájaros?


Sí. En aquel entonces bordaba un pájaro enfermo, sin fuerzas para volar. Pero descubrí que, junto a él, había otro pájaro: uno que escuchaba. Un ave que trascendía a través de las voces que llegaban por la radio, que podía volar con la imaginación.


Ahora, ese espacio de encuentro tiene un nuevo nombre: LOGO TEAM, un nombre que eligió Ceci. Allí hablamos a partir de un tema central, sin importar el tiempo, dejando fluir los sentimientos, y Zoom se convierte en la aguja que une cuatro hilos, que atraviesan tres países, en una sola puntada.


Recuerdo la sesión del 5 de septiembre de 2020. Hablamos de nuestra casa interior. Diana dijo que la suya estaba en remodelación. Ceci la describió como ecléctica. Luis Carlos dijo que la suya es acogedora, pero guarda un sótano lleno de cosas por sacar. Mi casa, creo, ha sido todas esas cosas.


Durante años la remodelé. Movía los muebles, cambiaba los cuadros de lugar, redecoraba para sentirme mejor. Hasta que un día solo quedó la cama. Me olvidé de los adornos. Ya no los necesitaba.


También tuve un sótano, cargado de tristeza, resentimiento y dolor. Poco a poco lo fui vaciando con retiros, libros, conferencias, testimonios, terapias. Ahora mi casa es tan sencilla que no tiene espacio para sótanos. Solo hay un cajón, oculto en el clóset, donde a veces guardo lo que aún no estoy lista para mirar. Sé que llegará otro retiro, otra oración, otro acompañamiento, otra sanación. A veces basta con una emisión de LOGO TEAM. Otras veces necesito una semana de silencio. Y en ocasiones simplemente dejo el cajón cerrado, hasta sentirme preparada.


Mi casa también ha sido ecléctica. En esa búsqueda de hogar interior, recorrí muchas rutas: el yoga, la nueva era, la meditación trascendental, los testigos de Jehová, los mormones. Ninguna se sintió como mi lugar. Hasta que volví a casa: reencontré mi fe.


Allí empecé a bordar con nuevos hilos, muchos traídos por la tecnología: personas a las que nunca conocí en persona, pero que llegaron como mensajeros. Porque Dios sana a través de sus mensajeros. Como los padres Gustavo Jamut y su ministerio de sanación, Ghislain Roy y su camino de sanación y liberación, los talleres de oración y vida de Ignacio Larrañaga, y el testimonio sobre el amor de pareja con Ángel Espinosa de los Monteros.


Así me encontré un día, ya sin necesitar amuletos ni distracciones. Mi casa ahora tiene solo lo esencial: una cama, un clóset, una cocina, una biblioteca, un estudio, un baño. Y, por supuesto, hilos, agujas y tela para bordar. Mi sala es virtual, mi patio es la calle. Y en esta casa más ligera, me siento más libre. Siento que, si la vida lo pide, podría mudarme sin tanto peso.


Quizá algún día vuelva a remodelarla. Quizá le cambie el color, o la agrande para recibir amigos cuando esto pase.


Pero algo sé con certeza: no quiero que tenga sótano. Quiero andar ligera, para que cuando Dios me llame a mirar el bordado desde arriba, me sea fácil recoger mis cosas, cerrar el ciclo y dejar a quienes me aman con lo que verdaderamente importa: los momentos compartidos, las palabras dichas, las sonrisas, las lágrimas, los audios, los textos...


Y que ellos sigan bordando, con otros hilos, en otros lugares.



 
 
 

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