Memoria de trabajo, tejida con las manos
- Claudia Caicedo A
- 14 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Ayer, mientras respondía una pregunta de uno de mis ejercicios personales de escritura reflexiva —esa que invitaba a pensar en la labor que realizan las mujeres con sus manos—, me encontré viajando sin proponérmelo hacia la historia de las manos de mi familia.
Manos que han tejido, cocinado, sembrado, bordado, sanado.
Manos que han hecho del trabajo una forma de amor silencioso.
Para ellas, para esas manos, es esta carta.

Hoy escribo para honrar las manos que vinieron antes que las mías.
Vienen a mí los recuerdos de mi bisabuela materna tejiendo en crochet y haciendo chirosas: tapetes elaborados con retazos de tela, las alfombras de su época, con las que decoraba su casa y su habitación. También aparece mi abuela paterna, siempre inmersa en alguna fase del proceso del cacao que recogía del árbol en el solar de su casa. Con paciencia sacaba los granos, los ponía a secar, y en ese gesto cotidiano había una sabiduría que el tiempo no borra.
Y sin proponérmelo, pienso en mi bisabuela paterna. No la conocí, pero quienes me conocen saben que soy curiosa con mi historia familiar. Honrar a los ancestros me parece un acto de profundo amor y gratitud. En mis búsquedas descubrí que, desde los catorce años, ella tenía la costumbre de preparar mazamorra de maíz pilado para ofrecerla con pedazos de panela a los arrieros que cruzaban el camino real con sus bueyes y recuas de mulas, procedentes de tierras lejanas. Ese gesto sencillo —dar de comer al que pasa— dice mucho del alma que trabajaba con sus manos.
Recuerdo a mi abuela materna, que cada vez que la visitábamos nos recibía con chocolate y arepa. Y como una cascada de imágenes, como fotos desvanecidas de los ochenta, pienso en cuántas colchas de retazos, tendidos de crochet, sábanas bordadas y prendas cosieron las mujeres de mi familia.
Luego llegan las manos de mi madre: las que tantas veces cocinaron, las que me peinaban con ternura, las que me ayudaron a hacer mi primer tapete de cabuya cuando tenía siete años.
Y poco a poco me acerco a mis propias manos, y a las de mis hermanos. Los primeros recuerdos del trabajo hecho con mis manos son en la finca donde crecimos: ayudando a sembrar. Sembrar requiere atención, método, discernimiento: se elige la mejor semilla, se cuida el proceso, se cosecha con gratitud. Luego venía la recolección: coger los frutos, contarlos, empacarlos. Siempre se empacaba lo mejor. Lo más pequeño quedaba para la casa o se vendía aparte.
Con el tiempo, mis manos aprendieron otros oficios domésticos. Pero, sobre todo, aprendieron a escribir. Han escrito informes técnicos, documentos académicos, relatos reflexivos… y muchas cartas que nunca fueron enviadas. Han escrito a mano, en el teclado, en los márgenes de los cuadernos y también en los libros que lee. Mis manos hilan palabras como quien borda un tapiz de memoria.
También han conocido los hilos. Coser, bordar, unir trozos para crear algo nuevo. Así como a mi hermana la inspira el olor a madera, a mí me inspira el olor a algodón crudo, la suavidad del hilo y la precisión de la aguja.
Pienso en las manos de mi hermana y de mi cuñada, en su trabajo como madres: cuántas veces bañaron, alimentaron, abrazaron y siguen esas manos manifestando su presencia viva a sus hijos. Mi hermana también ha pintado, cortado, lijado, pinta no sólo sobre el tradicional lienzo, también sobre tela y sobre madera.
Y pienso en las manos de los hombres de la familia. Las de mi padre y mi abuelo, en sus oficios de carpintería, construcción, cestería y agricultura. Llegan las manos de mi hermano, que también ha cultivado la tierra y desde su ejercicio docente ahora escribe —clases, cuentos, poesía—, combinando la fuerza del trabajo manual con la profundidad del pensamiento.
Por último, miro las manos de la nueva generación. Las de los niños que arman legos, dibujan, escriben, cortan, construyen cube crafts. Y sonrío al pensar que, en cada uno de esos gestos, el hilo de la historia continúa.
Pensar en el trabajo de las manos me llevó a un viaje en el tiempo —del pasado al presente, y hacia el futuro—.Hoy sé que lo que quiero seguir haciendo con mis manos es escribir: que mis palabras lleguen a los ojos de otros, que toquen fibras invisibles. Porque el trabajo hecho con las manos me conmueve. Y si hay un regalo que para mí tiene verdadero sentido, es aquel elaborado con las manos: porque sé que, junto al material, lleva también el corazón.
A todas las manos de mi clan —las que sembraron, cocinaron, bordaron, escribieron y cuidaron—, gracias por enseñarme que el trabajo no solo se hace con fuerza, sino también con ternura. Gracias por recordarme que en cada acción hay un hilo invisible que une generaciones enteras. Hoy mis manos escriben en nombre de las suyas.
Quizás leer esta carta te dejó pensando en tus propias manos —esas que escriben, trabajan o simplemente sostienen el día.
Si quieres seguir explorando lo que las manos pueden decirte sobre el sentido del trabajo y de la vida, te invito a leer El sentido en tus manos, una reflexión donde la escritura a mano se vuelve herramienta para descubrir sentido.



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