Una colcha de palabras
- Claudia Caicedo A
- 21 oct 2025
- 2 Min. de lectura
En el trabajo, sin importar el cargo, la empresa o el rol, siempre hay un hilo conductor que nos atraviesa: eso insustituible que no depende de lo que hacemos, sino de cómo lo hacemos. Y casi siempre empieza por un verbo. Sobre eso escribo hoy.

Ayer, cuando una amiga me preguntó:—Si pudieras decir en una palabra qué es lo que mejor haces, ¿qué dirías?—respondí sin dudar: integrar.
Integrar conceptos, ideas, experiencias, historias. Integrar a través de la palabra, principalmente por medio de la escritura.
Y entonces recordé cuál fue mi primera integración.
Tenía nueve años cuando el Papa Juan Pablo II visitó Colombia. No me limité a recortar noticias ni a copiar lo que aparecía en la prensa. Cada día escuchaba los reportes, tomaba notas, ordenaba lo que veía y lo que sentía. Sin saberlo, estaba tejiendo mi primera colcha de palabras: coherente, armónica y estética.
Después, en el colegio, siempre era yo quien integraba lo que los demás investigaban. Leía todo, lo organizaba y lo escribía en la máquina de escribir. En la máquina no se podía copiar ni pegar: cada palabra era definitiva. Quizás por eso aprendí a pensar antes de escribir, en especial cuando se trata de documentos académicos o informes técnicos.
Años más tarde, cuando recién había terminado el bachillerato y contaba con un estudio técnico en diseño de modas, empecé a trabajar en una empresa de consultoría. Mi labor, otra vez, era integrar: recibir los informes de cada consultor y convertirlos en una sola versión, clara y estructurada, capaz de mostrar el proyecto completo. No importaba si el tema era ambiental, urbano o social; todos pasaban por el mismo hilo: el de la integración. Así pasé de unir piezas que formaban un vestido a unir palabras que formaban un documento.
Hoy, en mi trabajo actual, sigo integrando. Integro las ideas de los principales autores de logoterapia y las convierto en herramientas para el diálogo o para un taller. Cuando realizo un acompañamiento, integro la historia que la persona comparte con los recursos que pongo a su disposición, como medio para que ella misma elabore su propia colcha.
Y a nivel personal, la palabra me ha permitido algo más profundo: integrar lo que he vivido. Integrar los sentimientos que a veces no sé nombrar; integrar mi historia familiar, cultural y humana; integrar experiencias y vivencias en una historia que cada día está menos fragmentada.
A veces la vida parece un conjunto de retazos sueltos e inconexos que solo con paciencia, amor, constancia y una costura cuidadosa logran tomar forma. Y, como lo hacían las abuelas, esa forma puede ser diferente aun con los mismos retazos: depende del corte, de la combinación, de la manera de unir las piezas.
De eso se trata la vida: de integrar. De eso se trata lo que mejor hago: coser con palabras fragmentos aparentemente inconexos de conceptos, ideas e historias.
Así que, trabajo, si hoy tuviera que decirte qué es lo que mejor hago, te respondería otra vez: integrar. Eso hago contigo cada día. Tejo, uno, traduzco, doy forma.
Y ahora te dejo la pregunta a ti: Si en una palabra tuvieras que decir qué es lo que mejor haces, ¿Cuál sería la tuya?



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