Todo en esta vida es transformacional, nada es transaccional.
- Claudia Caicedo A
- 20 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 27 sept 2025
Cada despedida laboral trae consigo una transformación. No se trata solo de cerrar un contrato: es cerrar una etapa de vida que deja huellas y, a la vez, abre caminos nuevos.
Yo siempre escribo cartas cuando me despido de un trabajo. Escribir me ayuda a darle forma a lo que siento, agradecer lo vivido y reconocer lo aprendido. Hoy quiero compartirte otra de esas cartas, la más breve en tiempo laboral, pero la más profunda en lo que me transformó.

Hay momentos en los que uno cree que no volverá a confiar o a creer en algo, y de repente ese algo aparece. A veces pasa lo mismo con los trabajos: una oportunidad llega y te revela que dentro de ti había algo que ya no existía y que no habías echado de menos. Entonces descubres que una parte de tu antiguo yo murió sin que lo notaras.
Te enfrentas a una disyuntiva: gestionar las cosas como lo hacía ese antiguo yo para alcanzar los resultados del pasado, o aceptar que morir a algo significa también nacer a lo nuevo, y que lo que antes te movía ya no toca tus entrañas.
Lo nuevo sorprende y asusta. Caminarás por terrenos no transitados, conocerás una nueva versión de ti, vivirás sin planes rígidos, porque a decir verdad no hay planes, ahora se piensa menos y se siente más.
En esos momentos solo queda apelar a la certeza de algo superior —para mí, Dios— y confiar en que sus planes son mejores que los míos. Los míos se construyen sobre lo visible, pero lo verdaderamente valioso no se ve con los ojos: se siente con el alma.
Mirando hacia atrás entiendo que Dios me trajo hasta aquí, a un lugar del que ni siquiera sabía su existencia, para darme la oportunidad de nacer a mi nuevo yo. Ese yo que emerge después de años de contradicciones, de horas de reflexión, de procesos de autoconocimiento, autodescubrimiento y autosanación.
Hoy sé que algo en mí se transformó porque ya no puedo gestionar las cosas como lo hice durante más de veinte años. Ese es el momento en que uno reconoce que cambió, que ahora es otra versión de sí mismo.
Lamento defraudar a quienes creyeron en mi antigua versión; ellos no podían saber que ese yo ya no existía, si ni siquiera yo misma me había dado cuenta.
Esta será la experiencia de la que hablaré siempre: como un nacimiento, como un reencuentro, como la vivencia que me ratifica que en esta vida nada es transaccional, todo es transformacional.
Y en esa transformación participaron todos los que leen este mensaje, y también quienes no están aquí. Por eso me despido de los que me vieron y yo no vi; de los que vi y no me vieron; de los que me hablaron y de los que no; de los que me escucharon y de los que no; de quienes estuvieron para mí, y de aquellos para los que yo estuve.
Fue la estadía más corta en una empresa en toda mi historia laboral, pero también la más transformadora y conmovedora. Con eso me quedo.
Les dejo una frase de mi autoría que define mi forma de ver el mundo:
“Veo la vida como una madeja: solo el artista que conoce su hilo creará las mejores obras”.



Comentarios