Si tu presente fuera un lugar, ¿Qué lugar sería?.
- Claudia Caicedo A
- 1 oct 2021
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 6 jul 2025

Si mi vida en el presente fuera un lugar, sería un parque de diversiones. Lo supe hace poco, cuando un ser especial me preguntó cómo me veía en este año 2021. En medio del remolino emocional en el que estaba, le respondí que mi vida parecía un parque: a veces con picos vertiginosos como los de una montaña rusa y, otras veces, con pausas tranquilas, cuando todo parece detenerse por un momento.
Gracias a esa pregunta me di cuenta de algo importante: no tenía claro cuándo había entrado a ese parque. Descubrí que fue un lugar al que no accedí por voluntad propia, sino por orden. Entré sin comprar boleto. Eso ocurrió el jueves 19 de marzo de 2020, cuando Bogotá decretó el “simulacro vital” como medida preventiva ante la inminente crisis sanitaria por la pandemia de COVID-19. Me dijeron que sería solo hasta las 11:59 p. m. del lunes 23 de marzo.
Pero el parque no cerró el 23 de marzo.
Recordé lo que escribí en mi "diario intensivo" del Instituto DAU, donde estudié logoterapia. Empecé a escribir el 2 de abril de 2020. Allí encontré la historia de cómo antes del 19 de marzo escuchaba las noticias sobre el COVID-19 con cierta incredulidad. Pensaba que exageraban, que virus y bacterias siempre han existido. Hoy reconozco que esa ignorancia me llevó a la soberbia. Sí, hay virus en todas partes, pero no todos paralizan al mundo.
Recuerdo que la directora médica de la empresa donde trabajo nos instó a reforzar los protocolos de bioseguridad. Como sector salud, ya teníamos medidas, pero esta vez nos entregaron medicamentos para fortalecer el sistema inmune. Poco a poco empecé a sentirme como una potencial portadora del virus. Temía acercarme a los demás, como si pudiera contagiarlos.
Encontré también en mi diario estas palabras "El día antes del simulacro, mientras estaba en el supermercado, viví una de las sensaciones más extrañas de mi vida: una mezcla de tristeza y vacío existencial al ver las góndolas vacías. Y luego, el momento más desconcertante: vi el último brownie de mi marca favorita y lo compré pensando que tal vez sería el último brownie que comería en mi vida". Después supe que aquello tenía nombre: FOMO. Yo no conocía el término, pero sí el sentimiento.
El jueves 19 de marzo tenía previsto enviarle medicamentos a mi padre, pero el simulacro impidió los envíos hasta el martes 24. Caminé a casa con la caja aún llena y la tristeza a cuestas. Pensé cuántas veces en la vida, a pesar de tener el deseo firme, las circunstancias externas nos impiden realizar lo que anhelamos. Y nos decimos: “ya llegará el momento”… pero a veces, ese momento no llega, a veces ya no se necesita, ya no importa, ya no se anhela...
Aquella Bogotá que solía estar llena de vida parecía una película distópica. Me sentía como en "Al final de los sentidos", una cinta donde las personas temen acercarse por miedo a perder su humanidad.
En ese primer fin de semana del simulacro, mi vida parecía tranquila. Escuchaba música relajante, miraba el jardín desde mi cuarto, compartía la casa con una vecina costeña y una gata llamada Pelusa. Hasta que el domingo 22 de marzo, las autoridades ampliaron la cuarentena nacional obligatoria hasta el 13 de abril. Entonces llegó otra emoción: el vacío. Un vacío en el estómago, difícil de explicar, como si me arrojaran un baldado de agua fría.
Según lo que escribí entonces, transitaba entre la tranquilidad y la inquietud. Pensaba en mi familia, en especial en mi padre, en el abastecimiento de alimentos y medicamentos. También en mi prima hospitalizada por leucemia, que afrontaba su batalla en medio de la pandemia, con restricciones que limitaban el acompañamiento.
Me di cuenta de que el aislamiento no me aterraba. Lo que realmente me aterraba era el sinsentido del aislamiento. No temía estar sola físicamente; lo que me angustiaba era la desconexión de mí misma, de los míos, de lo que me da vida. Los medios decían que estábamos protegidos, pero esa frase nunca terminó de convencerme.
En esos días, volví a pensar en Ana Frank y su aislamiento durante el Holocausto. Ella estaba escondida, aislada del mundo exterior por una amenaza real y brutal. Yo estaba aislada, pero no escondida. Mi aislamiento no era forzado por el odio ni por la persecución, sino por un cuidado preventivo. Y esa diferencia me invitó a valorar aún más mi libertad interior.
A nivel laboral, llegaron las reuniones diarias, las nuevas tareas, los cambios imprevistos. Y sin darme cuenta, la calma del principio se transformó en caos. Caos emocional, caos de horarios, caos mental. Como si dentro del parque la única atracción disponible fuera la montaña rusa… y siempre estuviera en su punto más alto. Hoy puedo decir que, en aras de la adaptación al cambio, de la solidaridad del momento, de la contingencia mundial, no fijé límites y entonces en ese parque me perdí. Ahora sé que sí es bueno ayudar y dar más y entender que hay situaciones de la vida que nos exigen más, pero que dar más significa darse más, porque de lo contrario el motor se quema, la polea se revienta, el sistema colapsa.
Explorando mi diario encontré la oración que escribí el 3 de abril de 2020. "Dios amado te entrego a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros, a los que han pasado por mi vida, a los que me han dejado enseñanzas, a los que me han compartido alegrías, a los que me han acompañado en las tristezas, a los que me han enseñado, a los que han aprendido conmigo, a los que me han inspirado, a los que me han desilusionado, a los que me han amado, a los que me recuerdan, a los que me olvidaron, pongo también en tus manos todas mis emociones; el dolor, la angustia, la herida, la ilusión, la esperanza, la inspiración, la decepción, la tristeza, la alegría, la ira, el miedo, en especial el miedo, ese que a veces me detiene, ese que a veces me conduce a acciones no deseadas, por el miedo a decir que NO a lo que no deseo, a lo que no quiero, a lo que no anhelo. El miedo que a veces me lleva al pensamiento trágico. El miedo a la posibilidad de perderme o perder un ser querido en esta época de pandemia mundial”.
En la medida que pasaba de la tranquilidad al caos fui perdiendo mis espacios de conexión con lo sagrado, se me quitaron las ganas de llamar a las personas con las que habitualmente hablaba antes del ingreso al parque, solo sobrevivió mi familia primaria y unos dos o tres amigos. Los demás ya no están, no sé si volverán, tampoco sé si quiero que vuelvan.
Tuve mis primeras salidas del parque en mayo, cuando volví a caminar por un parque natural y respiré el olor a tierra húmeda. Después, poco a poco, fui enfrentando nuevas frustraciones: los lugares que solía visitar ya no eran los mismos. La ciudad seguía allí, pero había perdido parte de su alma.
Poco a poco entendí que la salida del parque también tenía sus desafíos. No bastaba con cruzar la puerta: había que aprender a habitar un mundo diferente, un mundo que aún temía el contacto humano.
Sin embargo, seguía en mi montaña rusa emocional, no lograba tener el tiempo para hacer bien los trabajos académicos y eso me frustraba, extrañaba a mi familia, cada día estaba más sensible, más irritable, más solitaria.
Pude visitar a mi familia del 25 al 29 de junio, del 31 de julio al 8 de agosto y luego en diciembre. Esos encuentros fueron mi verdadera resurrección. Estar con ellos, caminar por la naturaleza, dejar atrás la montaña rusa… todo eso me devolvió la vida.
Hoy, febrero de 2021, puedo decir que mi presente se parece a un parque distinto: uno que sigue teniendo aventuras, pero también espacios tranquilos. Un parque al que ya no se entra por obligación, sino por elección. Y como le dije a ese ser especial: este parque no tiene costo de entrada, pero “nos reservamos el derecho de admisión”.
Hoy soy yo quien decide qué motores se encienden y cuáles permanecen apagados. He aprendido que la vida no es solo trabajo o estudio. También es descanso, es cuidado del cuerpo, es silencio, es oración, es bordado, es música, es conversación con quienes amo. Es escribir, leer, caminar. Es sembrar nuevas semillas para la vida.
Mi parque hoy es un lugar donde quiero recibir nuevas amistades y conservar las que sobrevivieron a la pandemia. Es un lugar donde quiero dejar espacio para los reencuentros con mi familia, para los bordados en papel, para los talleres que quiero crear, para el voluntariado que descubrí en medio del encierro. Es también un lugar donde acepto mi propio proceso como mujer, que implica nuevos cuidados y transiciones.
Después de todo lo vivido, sigo con la certeza de que el mayor reto es ser amiga de mí misma. Amiga de mi cuerpo, de mi alma, de mi espíritu.
Y desde este lugar, te hago una pregunta:
Si tu presente fuera un lugar… ¿Qué lugar sería?



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