Cuando el alma se libera de la tristeza
- Claudia Caicedo A
- 2 dic 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 6 jul 2025

Aprender a ser yo una prioridad sin culpa
Hace un tiempo, soñé con celebrar mi grado como terapeuta en Biosanación Emocional. Fue un deseo que nació de forma sencilla: vi la publicación en Instagram de la promoción anterior y me dije a mí misma: “Allí estaré el próximo año con mi padre”. Ese pequeño acto de soñar ya era, en sí mismo, un gran logro.
Algunos podrían pensar que soñar y celebrar siempre han sido naturales en mi vida, pero no es así. Lo más difícil para mí ha sido precisamente eso: soñar sin miedo, celebrar sin culpa.
Cómo se teje una historia de tristeza
La tristeza fue por muchos años una compañía constante.
Desde niña, cuando veía a mi madre enfermar gravemente, me acompañaba el miedo: ¿Morirá mi mamá?
Durante 39 años, cada recaída de ella reactivaba ese temor.
Y finalmente, llegó lo inevitable: ¡mamá murió!.
En ese contexto, una niña buscaba consuelo viendo historias tristes, como la del personaje José Miel, una abejita que lloraba buscando a su madre. La tristeza era el hilo conductor de su niñez y juventud. A esto se sumaba un entorno saturado de noticias trágicas, propias de la historia de Colombia.
Esa niña creció, y la tristeza siguió allí, disfrazada de adicción al trabajo y al azúcar. Llenaba su tiempo con estudio, responsabilidades y dulces... pero el alma seguía vacía.
Si quieres saber más sobre mi adicción al trabajo y al azúcar te invito a leer mi artículo Anestesiada por el trabajo.
Una búsqueda incansable de sanación
Desde los 14 años busqué respuestas en libros de superación personal. Más adelante, en procesos terapéuticos, retiros de sanación, seminarios y, por supuesto, en la logoterapia.
La logoterapia me permitió acercarme a preguntas profundas sobre el sentido de la vida. Fue un paso importante, pero la tristeza aún habitaba en mí.
Cuando cursé mi formación como Consejera en Logoterapia, soñé con celebrar ese logro, pero la pandemia llegó, y el día del grado recibí el diploma por correo... sin celebración, sin alegría.
El encuentro con la Biosanación y la oración profunda
En el año 2022, llegué a la Biosanación Emocional mientras atravesaba un estado depresivo.
Al mismo tiempo, en el silencio profundo de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, viví una experiencia transformadora.
No fue un cambio repentino. Caminé despacio, con el cuerpo y el alma agotados. Seguí asistiendo a terapia, avanzando como podía. Avanzaba sin saber muy bien hacia dónde iba.
Poco a poco, las luces interiores que se habían apagado comenzaron a encenderse. Hasta que, el 8 de junio de 2023, sentí que mi alma se había dado de alta de la depresión.
A partir de ahí algo dentro de mí CAMBIÓ.
Aprender a celebrar y a soñar
Desde entonces, he aprendido a:
Soñar con humildad, sabiendo que es posible.
Celebrar los logros, por pequeños que parezcan.
Agradecer por todo lo que antes pasaba desapercibido.
Me di cuenta de que la vida ya me había regalado momentos hermosos, aunque yo no supiera verlos. Y me pregunté: “Si la vida me ha sorprendido sin soñar… ¿cómo será si ahora me atrevo a soñar?”
El alma que despierta
Hoy reconozco que soy un alma en camino:
Un alma que distingue entre sentir tristeza y vivir en tristeza.
Un alma que disfruta el proceso de autoconocimiento y cultiva la alegría con intención.
Un alma que sabe que con oración, determinación, enfoque y acción es posible sanar.
Un alma que pone su historia al servicio del amor incondicional.
Sé que Dios obra con propósitos divinos en cada experiencia, siempre que le diga con confianza: "Dios, utiliza esta situación, experiencia o circunstancia para propósitos divinos."
Hoy puedo decirlo con serenidad: ser yo una prioridad, sin culpa, es un acto de gratitud a Dios por el don de la vida.



Comentarios