Hoy puedes decidir andar libremente
- Claudia Caicedo A
- 25 jul 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 6 jul 2025
"Hoy puedes decidir andar libremente. Puedes decidir andar de manera diferente. Puedes andar como una persona libre, disfrutando cada paso."— Thich Nhat Hanh.
Hoy decidí, por un momento, caminar sin tapabocas. Seguramente violé una norma establecida para proteger a otros de un virus que, quizás, llevo conmigo. O para protegerme del virus que posiblemente portan los demás. Pero no creo que caminar sola entre los árboles, permitiéndome respirar con libertad, vaya a causar daño, ni a mí, ni a nadie que —casualmente— pueda cruzarse por el camino. Si ocurriera, bastaría con la distancia física.
Después de cuatro meses, sentí de nuevo los olores de la calle, y todos, absolutamente todos, me encantaron: el del dióxido de carbono de los vehículos, el de la basura acumulada en los contenedores públicos, el de la orina que se evapora con el sol que abraza la ciudad, el del bosque del parque, el de la tierra húmeda tras la lluvia. Los inhalé con gratitud. Porque me recordaron que mi olfato aún funciona.
Caminé por los parques vacíos y vi los columpios y deslizaderos rodeados de cintas amarillas que decían "prohibido". Me niego a aceptar que un virus nos robe el derecho a disfrutar de las cosas simples, a que los niños no puedan sentir el vértigo y la risa cuando se lanzan por un túnel y, al final, los espera alguien que aman.
Creo que, en el afán de protegernos, el miedo nos ganó la batalla. Y en ese miedo, estamos perdiendo la vida. La individualidad que nos caracterizaba quedó oculta tras un overol, un tapabocas y una careta. Ya no podemos leer el rostro de quien camina a nuestro lado; ni su tristeza, ni su alegría, ni siquiera su mirada alcanzamos a percibir.
Hoy caminé con esperanza. Y en esa esperanza veo el camino que se abre ante mí. Me encuentro entre dos posibilidades: seguir trabajando en una gran ciudad donde cada día crecen las alertas y, detrás de ellas, el miedo y la distancia emocional. Allí, cada día me siento más lejos de mi familia, de mis amigos y, sobre todo, de mí. El contacto más existencial que tengo es con la gata que habita en la casa, un felino que a veces se posa sobre mi pecho y ronronea. Dicen quienes saben de gatos que, cuando lo hacen, están sanando nuestro corazón.
Extraño las cosas simples que tanto disfruto y que hoy no puedo ejercer: encontrarme con un amigo y ver su sonrisa, y que él vea la mía. Que mis sobrinos me pregunten desde el miércoles: “¿Tía, vas a venir este fin de semana?”, y yo —aunque no lo tuviera planeado— decidiera hacerlo porque esa voz tierna me llama. Hacer una escala en una ciudad intermedia y lanzarme a caminar por la montaña sin otro destino que el de caminar junto a un cómplice llamado amigo, hasta que el sol y el cansancio nos pidan regresar. Ir a un encuentro comunitario con Dios y dejarme invadir por el poder de la oración colectiva. Ir al mercado el día que quiero, no el día que me toca. Visitar los pueblos cercanos, disfrutar su cultura y la sencillez de sus habitantes.
La estadía en la ciudad ha sido amable conmigo. Me he adaptado bien, aunque siempre huí del estrés, ese que —según algunos— es un indicador de desarrollo. Tengo la fortuna de ir a pie al trabajo, de vivir en un sitio tranquilo y acogedor, de compartir el hogar con una señora que, muchas veces, me trata con la misma compasión con la que me trataba mi madre.
En los últimos días, mis sueños me recuerdan que no puedo viajar a visitar a mi familia. Me recuerdan que, si viajo, no podré respirar con libertad. Y que tampoco puedo disfrutar de esas largas tertulias con mi compañero de viaje, esas conversaciones que siempre buscábamos y encontrábamos, y que hacían que cualquier trayecto pareciera corto, aunque fuera largo.
La segunda posibilidad es volver a mis raíces. No tengo claridad sobre mi proyección laboral allí, pero tengo la convicción de que los planes de Dios siempre son mejores que los míos. Sueño con acompañar a mi padre, compartir más con mis hermanos y sobrinos, cumplir mis retos académicos, y seguir ayudando a otros desde mi rol como consejera en logoterapia, tanto a nivel individual como en el ámbito organizacional. Sueño con contener a mi sobrino adolescente en sus picos de ansiedad, que seguramente son una mezcla de cambios propios de la edad, el exceso de tecnología por la educación virtual y el encierro forzado por el virus. Ayudar a mis hermanos en sus asuntos laborales. Estimular el genio creativo de mis sobrinos más pequeños.
Ese sería un camino tejido con hilos ya utilizados, pero renovados. Porque cada hilo, en su recorrido, se ha transformado, se ha suavizado y ahora está lleno de más textura, color y profundidad.
Hoy decidí caminar diferente y mirar al horizonte. Ese horizonte que, silencioso, observa mis pasos y me pregunta: ¿Qué pierdes y qué ganas? Y entonces valoro lo que pierdo y lo que gano. Y vuelvo a lo básico, a la esencia, a lo más profundo: vuelvo a mí.



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