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El coleccionista de cielos

Actualizado: 6 jul 2025



Coleccionar: un juego que daba alegría


Desde niña tuve una inclinación natural por coleccionar aquellas cosas que despertaban mi curiosidad, creatividad y felicidad. Solo ahora, después de muchos años, reconozco el valor de esa felicidad temprana.


Pero la vida adulta me fue llenando de otra clase de colecciones: las que buscan ser “útiles”, “productivas” y “eficientes”. Empecé a acumular información, datos, conceptos... y poco a poco, la alegría del juego se fue apagando tras la máscara de alguien “suficiente” para el mundo. Quizás, como he escrito antes, me convertí en una mujer "Anestesiada por el trabajo".


Las primeras colecciones que llenaron mi alma


Conservo con cariño el recuerdo de aquellas primeras colecciones que fui formando como un juego sin ninguna presión externa. Eran tesoros sencillos, nacidos del juego y la curiosidad:


📎 Recortes de tiras cómicas que encontraba en la prensa dominical.

📒 Recetas de cocina que copiaba de las cajas de Maizena y las latas de La Lechera.

📚 Poemas que transcribía con cuidado en un cuaderno especial.

📝 Frases célebres que memorizaba de mis primeras lecturas de filosofía.

👗 Recortes de moda que coleccionaba de revistas y periódicos.


Estas colecciones crecían con el tiempo, con cada recurso que llegaba a mis manos y reflejaban mis intereses genuinos. Era un acto de conexión con mi vocación natural.


Cuando las colecciones se volvieron carga


Con el paso del tiempo, la presión autoimpuesta me llevó a transformar esas colecciones felices en acumulaciones funcionales.

Dejé de disfrutar el camino y comencé a acumular por obligación.

Olvidé el sentido, me alejé de lo que amaba.


El reencuentro con la belleza del cielo


Hace dos años, de forma espontánea, comencé a coleccionar cielos. Una colección que surgió como un acto de complicidad con una persona que, conozco hace más de veinte años y que comparte esa misma fascinación.


Antes habría pensado que observar el cielo era una pérdida de tiempo. Hoy sé que es un acto de contemplación y sentido.


Cada foto es parte de una colección compartida, un puente invisible que nos conecta aunque estemos separados por kilómetros. A veces, con asombrosa sincronía, tomamos fotos del mismo cielo, desde diferentes lugares y casi a la misma hora.


Los valores que llenan la vida de sentido


Como diría Viktor Frankl, estos momentos sencillos son valores de Experiencia: los que se viven a través de la naturaleza, la belleza y el amor por los otros.

Son pequeñas huellas de sentido que iluminan nuestra cotidianidad.

Puntadas invisibles que unen vidas en un gran tapiz donde expresamos quiénes somos.


Soltar lo que no nutre y volver a lo esencial


Este año decidí coleccionar más experiencias y menos datos. Solté lo que me alejaba de la liviandad, la flexibilidad y la belleza.


Hoy busco coleccionar aquello que me da armonía, coherencia y más sentido: historias, conversaciones, aprendizajes, encuentros.


Nuevas colecciones, nuevos caminos


Invité a mis antiguos compañeros, aquellos con los que me quiero reencontrar: poetas, filósofos, narradores de historias fantásticas que me asombran y conmueven, que me conectan con el encanto de un pasado lleno de magia.


Mis nuevas colecciones son más ligeras y espontáneas:


  • Ideas que nacen de conversaciones banales y profundas.

  • Fragmentos de entrevistas que me inspiran.

  • Poemas sobre cielos infinitos y amistades diversas.

  • Palabras que dan nuevos significados a la vida.

  • Preguntas existenciales que me mantienen despierta.

  • Herramientas para el autoconocimiento y la gestión emocional.

  • Conversaciones auténticas que nacen de la complicidad y la coherencia.

  • Puntadas que crean nuevos bordados desde la incertidumbre creativa.

  • Experiencias espirituales, como la oración, que fortalece mi encuentro con Dios.


Este blog: una colección tejida con palabras


Este blog es también una colección. Un espacio tejido con hilos de palabras, dedicado a quienes —como yo— son coleccionistas de la vida.


Hoy, en especial, lo dedico a “el coleccionista de cielos”, autor de la fotografía que acompaña este texto, tomada en algún rincón de Colombia.


 
 
 

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