De la O a la Y
Actualizado: 25 ago
Llega un momento en la vida en el que reconoces que eso que haces, para ti hoy tiene un valor muy distinto al que hubiera tenido hace años. Y ¿de dónde viene eso? me lo pregunté, ¿Qué fue lo que cambió dentro de mí?. Sobre eso escribí esta carta.

¿Alguna vez has sentido que quieres hacer algo que en nada se integra con tu profesión, con tu cargo en determinada empresa?
Yo también. Lo sentí cientos de veces.
¿Alguna vez has pensado que tus aficiones son solo eso, aficiones, y hacen parte de ese lado oculto que casi nadie conoce, porque mostrarlo rompería con la imagen que proyectas profesionalmente?
Yo también lo guardé en el costurero.
Cuando era niña, mi conjunción preferida era la Y. Leía, escribía, recortaba, pegaba, consolidaba, bordaba, tejía. A medida que me hice "adulta", empezaron a aparecer las preguntas: ¿y ahora qué vas a hacer?, ¿a qué te vas a dedicar?, ¿Qué vas a estudiar? Y poco a poco, sin darme cuenta, la Y se fue diluyendo; ahora no podía "perder el tiempo" en mis Y. Ahora debía ocuparme de asuntos "importantes". Entonces la única Y que existió fue TRABAJAR Y ESTUDIAR, ESTUDIAR Y TRABAJAR, y lo demás eran asuntos de mi vida privada, de mi espacio íntimo, de eso que hacía en lo oculto y en muy contados momentos porque el tiempo que me asistía solo era para cumplir el deber académico y laboral.
Mientras trabajaba como auditora, estudiaba logoterapia y eso no se mencionaba en las entrevistas de trabajo. Los entrevistadores suelen desconfiar de los estudios complementarios que no apuntan al crecimiento coherente y sistemático del rol, así que era más fácil decir que me preparaba para certificarme como auditora, aunque por dentro supiera que esa media verdad no era coherente conmigo.
Mientras estudiaba herramientas de planeación y diagnóstico organizacional, las aplicaba también a mi propia vida, adaptándolas a la empresa más importante de todas —sin la cual ninguna otra existiría—: cada persona que la integra. En el trabajo debía redactar hallazgos de auditoría; en mi casa, estudiaba escritura terapéutica, transformadora, reflexiva.
Así que YO era Y-O: separada, dividida. En el trabajo me ponía un disfraz para hablar de procesos, hallazgos, indicadores, y en cuanto salía, me lo quitaba. Ese síntoma es una señal: algo por dentro está inconexo, y se siente como llevar una doble vida.
No quiero decir con esto que debas llevarte tus cartas al trabajo. Lo que quiero decir es que, a veces, la misma cultura organizacional impide que muestres lo que en esencia eres —a mí, incluso el código de vestuario ayudó a desdibujarme de lo que era. Pero incluso ahí, en lo que no podía elegir — el uniforme, las reglas, el guion esperado—, algo seguía siendo mío: la forma en la que siempre me encontraba conmigo y recordaba quién era aunque fuera por un momento y aunque pareciera una imagen borrosa.
Sin embargo, todo río busca su cauce original; toda persona busca la esencia que se perdió en el camino. Como diría San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Ese reencuentro normalmente surge cuando algo se rompe. En mi caso fue en 2021, cuando viví al mismo tiempo un proceso de duelo laboral y el inicio de la recuperación de mi salud por agotamiento emocional (burnout). Esto tomó su tiempo —más o menos dos años—. Si quieres leer más sobre esa experiencia, puedes ir a «Anestesiada por el trabajo».
El reencuentro implica hacerse preguntas que no siempre tienen respuesta inmediata; para responderlas hace falta dar un paso atrás y mirarse al espejo como si fuera otra persona.
¿Cuáles son tus talentos? Eso que ha estado ahí desde siempre, y que por ser tan natural, piensas que todo el mundo lo tiene, sin saber que es la huella insustituible que le imprimes a la existencia, a lo que haces, a tus vínculos.
¿Cuáles de esos talentos están dormidos? ¿Cuáles, despiertos y activos?
¿Cuáles son tus habilidades? Eso que, de tanto repetirlo a lo largo del camino, ya haces con destreza.
¿Cuáles son tus conocimientos? Eso que has aprendido en la escuela de la vida y en las escuelas de formación.
¿Cuáles son tus verdaderos intereses? Esos temas de los que conversas, sobre los que quisieras leer un libro, asistir a una conferencia, visitar una exposición, o simplemente explorar en tu buscador preferido.
¿Cuáles son tus motivaciones intrínsecas y extrínsecas? Las que influyen en tus decisiones y tus conductas.
¿Cómo respondes frente al sufrimiento, el vacío, la frustración, y frente a los distintos sucesos de la existencia?
¿Cuáles son tus valores? La jerarquía personal que has cultivado hasta ahora, y que en libertad puedes transformar, con perseverancia y compromiso.
Estoy convencida de que cuanto más te conoces, más sentido encuentras; y cuando más sentido encuentras, tus O empiezan a desvanecerse y tus Y empiezan a emerger. Esa es la conclusión a la que he llegado. Ahora integro no solo las experiencias; especialmente las vivencias.
Los conocimientos de mi propio proceso de autodescubrimiento son la puerta de entrada para aplicar herramientas que antes eran solo teoría. El uso de metáforas, que antes era causa de extrañeza en mis entornos, ahora ya no es solo una forma de entenderme a mí misma: es un puente hacia quien tengo enfrente, la forma que ayuda a que las personas que acompaño comprendan e integren, con más facilidad, parte de su historia personal.
Ahora volví a leer, escribir, escuchar, bordar, analizar —ya no para encontrar hallazgos, sino para develar talentos dormidos, habilidades ignoradas, conocimientos ocultos. En esos encuentros, la madeja de la vida —la forma en que yo represento la historia personal y única que cada quien lleva consigo— se desenreda poco a poco: suelta sus nudos con mayor sencillez, y empieza a ver posibilidades de nuevos tejidos, de nuevos bordados. Ese es el RECOMENZAR: el momento en que tu O empieza a transformarse en Y, donde tus decisiones responden más a tus valores, a tus motivaciones intrínsecas, y a lo que da sentido a tu existencia.
No es de un día para otro. No es al chasquido de los dedos. No es en tres pasos, como prometen hoy tantas fórmulas. Es posible. Es verdadero. Es duradero.



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